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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Bromas pesadas


Era una mina jodona. 
Una de las mejores personas que conocí en los últimos años. La palabra justa en el momento justo, ni más ni menos que la verdad, aunque duela. Seco. Sin ornamentos, directo. Lo preciso.
 
Así como seria para algunas cosas, las importantes, para otras era, como dije, una mina jodona.
 
La primera vez que fui al pueblo me recibió con la mejor sonrisa y el mejor lugar, acondicionando luego su casa para albergar a cada vez más gente. Para albergar a esa familia que no deja de crecer nunca. Me hizo entrar en clima, sentirme cómoda, confiar en ella. Y así fue que la noche del primer día, cuando sabía que me iba a ir a acostar sola en una casa gigante, que no conocía, decidió llevarme a conocer el pueblo, cenamos en un restaurante y al terminar fuimos a dar un paseo... ME LLEVÓ AL CEMENTERIO. Sí, a las doce de la noche me llevó a conocer el cementerio... 
Yo no podía más del miedo, estaba nerviosa, todos en el auto empezaron a decir Bajemos! se escuchaban unos “No puedo más! Quiero hacer pis! Dejame bajar!” y, en el medio del caos, se hizo un silencio atroz. Silencio que se quebró con un grito que ella pegó estando sentada adelante, acompañado de un giro de cabeza a lo poltergeist, lo que me hizo saltar de la butaca dándome flor de golpe contra el techo... 
Ni me acuerdo qué dijo, pero la imagen no me la olvido más.
 
Así era ella. Su disfrute al asustar a la gente era envidiable. Y no paraba.
 
Ahora que no está se extraña todo.
 
Me tuve que operar, era algo sencillo, pero justo mi médico sólo lo podía hacer en la clínica en donde la vimos por última vez. 
Al realizar los trámites para la internación pedimos por favor que no nos tocara esa habitación. Lo anotaron en el papel teniendo en consideración lo que había pasado.
 
Cuando llegamos a la clínica, me dieron unas fichas y me pidieron que se las entregue a la enfermera que me iba a guiar. Se las llevo y una señora gordita, de celeste, medio petiza, me mira y me pide que la siga...
 
No nos habíamos dado cuenta de que era 28, el mismo día en que ella se había internado el año pasado.
Camino detrás de la enfermera y al doblar por un pasillo, ahí estaba, la señora de celeste me llevó a la habitación en donde nos habíamos agarrado de las manos por última vez, y al entrar, me dice: "ésta es tu cama". No escuché nada más. Quedé paralizada. Me puse blanca y las lágrimas me salían de los ojos como cataratas. 
Dios! cómo podía ser? El mismo día, la misma habitación, la misma cama!
 
Increíblemente o no, ahí estaba otra vez, a casi un año de no verla, haciéndome otra de sus bromas pesadas, diciéndome, a su puta manera, que estaba conmigo, que todo iba a salir bien.
 
Gla, hija de mil! hubiese preferido que me agarraras de la mano!
Bueno, no! No lo tomes literal. Te quiero siempre.
 
 
 
Jim